Para poder pensar el cosmos es necesario acercarse al caos, asumir una actitud que ponga en vilo las certezas y las “buenas razones” humanas, permitiendo atender a lo que normalmente delegamos al margen de lo incomprendido. Recurro con frecuencia al juego de palabras que asocian “seguridad” con “aseguramiento”, pues la búsqueda compulsiva de la seguridad, termina encadenándonos a la comodidad; no se puede eludir que la inmunidad derivada de la capacidad de prevenir, planificar y administrar, provee bienestar y una sana abundancia que promueve la convivencia y el tiempo-espacio para el pensamiento. Aparte se puede considerar, cómo la promoción de la inseguridad y la precariedad, estimulan el temor y la angustia, a su vez que permiten las relaciones de dominación con piel de protección. Estar abierto a las no certezas, a la incertidumbre, permiten la elaboración de límites permeables cercanos a una vida plena de coexistencia con todo lo que nos es extraño, extranjero.
Permitir concebir el Caos como todo lo que existe, independientemente de si lo podemos pensar para ordenarlo1.Guardar sana distancia para evitar caer en la seducción de la reactividad conservadora que deviene narcosis, “que preserva devenir-locura”; evitar la convocatoria para encogernos de hombros frente a la imposibilidad de pensar ese absoluto, es permitir la intuición del devenir caótico de la contingencia como única necesidad; a su vez, aventurando un poco de locura, “comprendiendo la complicidad de la vida con la reactividad: el devenir-reactivo, que es lo que preserva la vida del devenir (creativo)” (Meillassoux, 2018, p. 165); saber que son necesarias estrategias que neutralicen la impotenciacatatónica, sin constituir un dualismo que favorezca el desequilibrio dogmático, que nos concibe inmunes a la muerte;organizar en la multiplicidad, una asamblea en movimiento creativo, que dé lugar y tiempo al reconocimiento.
Caos es aquello que intuimos resonando en el fondo de nuestra existencia, más allá de lo posible, ya que lo posible es la capacidad de elección que permite la imaginación humana (no una predicción); desde ese caos se pueden elaborar múltiples espacios que configuran bucles de interacción entre la interioridad-exterioridad que somos. La motricidad del cuerpo reclama una superficie para desplazarse, siguiendo atentamente los vestigios, movimiento hacia la afectación; el bucle se activa en el instante que el pensamiento inicia la tarea de conformar el espacio, de experimentar lo que se sucede. Las elecciones que forman los planos secantes al caos, la realidad de ser ameba afectada por la sonoridad química, favorece realizar la vida, a su manera, representarla, pensarla; la figura una y otra vez inmersa en lo que puede organizar, antes de morir en el retorno al caos que deforma todo plano que lo puebla: un pensamiento ameba, sin buenas razones, hace posible la vida. También hay formas sin vida, elecciones cristalizadas, elecciones erosionadas, formas de saturación en un fluido, sentido pasajero que siguen las nubes; hacer audibles los pensamientos de las rocas puede ser la tarea de soñar o de algún éx-tasis que permita comulgar con ellas.
Habito una región que no tiene clara su geometría, superficies turbulentas en la provincia marginada, en el límite que permite percibir la porosidad que lo contiene y ver por los intersticios mil y un posibles moviéndose, disolviéndose, comosi Lucrecio2 diera las instrucciones. Pero mi cara mira la vertiente disciplinada del arte, la ciencia y la filosofía; no logro comprender el sueño de las piedras, pero el atractor extraño a mi espalda permite la intuición vaporosa e indisciplinada del caos:
El pintor pasa por una catástrofe, o por un arrebol, y deja sobre el lienzo el rastro de este paso, como el del salto que le lleva del caos a la composición. Las propias ecuaciones matemáticas no gozan de una certidumbre apacible que sería como la sanción de una opinión científica dominante, sino que salen de un abismo que hace que el matemático «salte a pies juntillas sobre los cálculos», prevea otros que no puede efectuar y no alcance la verdad sin «darse golpes a uno y otro lado». El pensamiento filosófico no reúne sus conceptos dentro de la amistad sin estar también atravesado por una fisura que los reconduce al odio o los dispersa en el caos existente, donde hay que recuperarlos, buscarlos, dar un salto. Es como si se echara una red, pero el pescador siempre corre el riesgo de verse arrastrado y encontrarse en mar abierto cuando pensaba llegar a puerto. Las tres disciplinas proceden por crisis o sacudidas, de manera diferente, y la sucesión es lo que permite hablar de «progresos» en cada caso. Diríase que la lucha contra el caos no puede darse sin afinidad con el enemigo, porque hay otra lucha que se desarrolla y adquiere mayor importancia, contra la opinión que pretendía no obstante protegernos del propio caos. (Deleuze & Guattari, 1997, p. 204)
No se trata de menospreciar el conocimiento disciplinar, sino de pensarlo como aventura tras los vestigios que marcan lo desconocido, labor que conoce la maleabilidad de los modelos, sean estos matemáticos, de discurso o capaces de configurar una distribución sensible: la creatividad plástica3 no solo atañe artesano. El conocimiento entendido como ruta de riesgo, contradiciendo el sentido formulado por la opinión en enjambre mediático, disolviendo la configuración que asegura y protege, replanteando la adicción narcótica al petróleo, replicando el férreo cobijo de matronas y patriarcas, contradiciendo patrones, derrumbando los muros de poderosas normas.
Por contraste, solapadamente vienen llegando los cosmos a tema. No El Cosmos como antítesis de Caos, aunque su etimología se vincule a el Olimpo griego e implique la idea de orden, así sea ornamental4. Las cosmogonías relatan la serie de elecciones que los dioses debieron asumir, pero al final, lo que importa es la constitución del mundo, el universo que comprende el cielo que no cae sobre nuestras cabezas, las rutas que definen el límite de lo posible y la convivencia obligada en un sistema de relaciones comprensibles y ejecutables. El egoísmo infantil va dando forma al universo, antropocentrado, domestico, cultivado y con normas que garantizan la seguridad al hacer comunidad sostenida por el textil de mitologías consensuadas. Los niños van creciendo y resultan ser hombres más pequeños que ellos mismos, como lo señala Günter Anders dialogando con el “piloto de Hiroshima”, teniendo la posibilidad de propiciar el apocalipsis, pero inconscientes de ello; lo que comienza siendo un “hacer-con-otros” se convierte en corporativismo, del que se forma parte lealmente, siguiendo protocolos aislados, desinteresados en prever si los efectos responden hábilmente a lo necesario, sin llegar a crear perjuicio. Nuestra incompetencia es el resultado de un hecho que no se puede imputar a ninguno: “es consecuencia del abismo creciente día a día, entre dos de nuestras facultades, a saber, entre aquello que podemos hacer y aquello que podemos representarnos” (Anders, 2012, p. 38) .
Un cosmos único derivado de una representación enajenante: “El modo de vida Americano”; un sentido de libertad torcido que se sustenta sobre la evidencia de que el dinero lo puede todo, nos hace poderosos. Pero el poder requiere de la ética sustentada sobre la coexistencia; el daño que causo puede revertirse y afectarme. Antropoceno, Capitaloceno, sustantivos del tiempo de lo póstumo, que reclaman enderezar los acuerdos y promover una justicia planetaria que respete las diferencias sobre contornos difusos, reconociendo al extranjero, a todo aquello que no pertenece a mi cosmos, a la vez que un pliegue transversal en el encuentro con otro cosmos, nos penetra:
Digámoslo así: ¿Y si en vez de intentar trascender se pudiera desarrollar una mayor vulnerabilidad? Esto es algo en lo que no puedo dejar de pensar. Es decir, volverse más susceptible a una mayor variedad de cosas que no son tú, la mayoría de las cuales son no-humanas, incluido tu propio cuerpo. En este sentido ni siquiera la especie humana es humana, si consideramos que las bacterias intestinales, microbios y otros microorganismos que viven en nuestros cuerpos superan en número a nuestras células humanas 10 a 1. (Morton & Boyer, 2021/2023, p. 96)
La poderosa corporación pulverizándose bajo la acción de sus propias toxinas, para dar paso a la organización, transitoria, vulnerable, en la que el poder se sabe derrotado ante la necesidad de rescatar un continuo “hacer-con-otros”, en el que “otros” implica el orden surgiendo de la contingencia, pero en la libertad que obliga saber siempre la presencia “con”. Esto implica nuevos desafíos políticos que consisten, como lo plantea el diálogo entre Morton y Boyer, “en tratar de crear espacios de indeterminación” (2021/2023, p. 133); la ampliación del rango de escucha, permite intuir con agudeza aquello que resuena, existiendo sin que llegue a participar de nuestra existencia. Capacidad de escucha que permite la relación con lo demás, poder de soslayar el miedo para llegar a exponernos, habilidad para lidiar con lo contingente y lo imprevisto. Tanto y tan diferente, requiriendo un ejercicio de mutuo reconocimiento que se identifique con lo político: cualidad estratégica que especula conceptos abstractos y los aplica, aceptando el carácter transitorio o el error que obliga recomenzar el intento de aproximación, de comprensión; cultivar respeto para dar el bien que todos merecemos, aquello que define la dignidad.
Enmarcado en la tradición griega y actualizado en la modernidad, se da por sentado el significado de política, denotando la racionalización de la administración y la regulación del poder en la sociedad. Los mismos preceptos van cambiando de cara, perpetuando el espacio humano, elevado, excluyente de todo lo no humano. Esa humanidad se define por el derecho de ciudadanía, un “demos” colectivo con criterios de pertenencia, por la posibilidad de antagonismo regulado dentro de un marco constitucional, de leyes o de razón pública, donde el patriarca supremo dispone la decisión soberana y última sobre las excepciones. Este sentido de política margina a esclavos, a extranjeros bárbaros, salvajes, a quienes por su género no pueden considerarse con la capacidad soberana, a no ser los delfines tutelados o se conviertan en Damas de Hierro.
Ahora bien, una política cósmica no constituye el imperio unificador de la razón ilustrada, un cosmopolitismo que administra provincias y colonias, que expande globalmente un estilo de vida imponiendo los valores de cultura, no asume la cruzada ecuménica capaz de salvar todos los astros. La ilusión imperial termina al desvelarse la conformación transcultural, al considerar que no existe el mundo (Gabriel, 2016), único e inamovible, sino multiplicidad de cosmos surgiendo contingentes del caos, distantes en forma y a la vez fluyendo por la permeabilidad de sus límites. La candidez de mi ignorancia me permite revisar términos constituidos, me permite comunión con la Cosmopolítica, reconocer que lo que está en juego es la composición misma del cosmos, la tradición de naturaleza que habito en contacto con las demás; tal es el caso que ilustra Bruno Latour, siguiendo a Viveros de Castro, al tomar como ejemplo «controversia de Valladolid», donde europeos y amerindios no solo tenían opiniones distintas, sino que realizaban experimentos sobre naturalezas distintas (el alma vs. el cuerpo). La ontología puesta en circulación, actantes que giran, admitidos en la danza de los existentes5.
Si la política solapadamente continúa fundada sobre el poder, solo queda describir las jerarquías que gestionan la vida, bien sea para control o explotación, ya sea para sentenciar a muerte. Sometidos a la vigilancia policial que nos asegura, entregamos el riesgo de disentir a la comodidad que a todo da consentimiento, fascinados por los artificios tecnico-burocráticos. Los cuerpos continúan transgredidos con el consentimiento que cede en su debilidad al poderoso, o peor, desaparece la transgresión pues la entrega se hace voluntaria al afirmar los malabares de quienes norman. Lo policial, a decir de Rancière, domina el reparto sensible de lo humano: “… la sociedad se compone de grupos vinculados a modos específicos de hacer, a lugares en los que esas ocupaciones se ejercen y a modos de ser que corresponden a esas ocupaciones y esos lugares. No hay lugar para el vacío en esa adaptación de funciones, lugares y formas de ser”, una condición de plenitud que excluye y afirma el límite. Es en en la política donde se puede intervenir dicha distribución:
La esencia de la política consiste en perturbar este acuerdo complementándolo con una parte de los sin-parte, identificada incluso con toda la comunidad. El litigio político es lo que le da existencia a la política, separándola de la policía que constantemente la hace desaparecer, ya sea negándola pura y simplemente, o ya sea revindicando la lógica política como suya. Antes que nada, la política es una intervención sobre lo visible y lo decible.
La Cosmopolítica invita a ampliar la dimensión de intervención, concibiendo que el litigio, aparte de comprometer los problemas inmediatamente humanos dentro del marco de la humanidad, se aplique a un sentir más amplio de lo que nos complementa, más allá de lo limitado de nuestra percepción y nuestra expresión, pues es momento que intuyamos la multiplicidad de “lo sin parte” como esa exterioridad que nos constituye y esa humanidad plegándose continuamente en éx-tasis; intervenir a sabiendas que somos intervenidos, abiertos a la intervención, a sabiendas que es necesario cuidar aquello que nos compenetra. No obedece a una constitución, sino a evitar el error de promulgar leyes naturales6, sino a cuidar los hábitos mentales que elaboramos en una naturaleza que nos puede ser comprensible y que dialoga con otras concepciones de lo natural, saber que habitar implica cuidar los hábitos en función de formular respuestas hábiles; implica la coexistencia, en el sentido amplio de los existentes.
Referencias
Anders, G. (2012). El piloto de Hiroshima. Más allás de los límites de la conciencia. Correspondencia entre Claude Eatherly y Günther Anders. Planeta.
Avanessian, A. (2021). Meta-Futuros (1a). Holobionte.
Deleuze, G., & Guattari, F. (1997). ¿Qué es la filosofía? (4a). Anagrama.
Gabriel, M. (2016). Por qué no existe el mundo (1aed. digital). Océano.
Latour, B. (2004). Politiques de la nature. Comment faire entrer les sciences en démocratie (Epub). La Découverte.
Lazzarato, M. (2007). Biopolitica. Estrategias de gestion y agenciamientos de creacion. Universidad Central – IESCO y “Sé cauto”, Fundación Comunidad.
Lolive, J., & Soubeyran, O. (Eds.). (2007). L’émergence des cosmopolitiques (La Découverte).
Meillassoux, Q. (2018). Hiper-Caos (1a). Holobionte.
Morton, T., & Boyer, D. (2023). Hiposujetos. Cómo convertirse en humanos (1a). Holobionte. (Obra original publicada en 2021)
Serres, M. (1977). La naissance de la physique dans le texte de Lucrèce. Fleuves et turbulences. Les Éditions de Minuit.
Stengers, I. (1997). Cosmopolitiques: I (VII). La Découverte.
Virno, P. (2019). Gramática de la multitud. Para un análisis de las formas de vida contemporáneas. Traficantes de Sueños.
1 Costumbre de jugar con las palabras, que en este caso, connota los enunciados para imponer acciones, sujetas al poder de otros, asumir la prepotencia de darle ordenes al caos.
2Tito Lucrecio Caro. El clínamen como desviación al orden determinista que permite el cambio.
3Alusión a Catherine Malabou.
4Del lat. cosmos ‘universo’, y este del gr. κόσμος kósmos ‘universo’ y ‘ornamento’. (https://dle.rae.es/cosmos?m=form)
5Considerando el pensamiento de quienes son agrupados en el “Giro Ontológico” (en la arbitrariedad de las clasificaciones, algunos vinculables a este “giro” serían: Bruno Latour, Philippe Descola, Viveros de Castro, Mario Blaser, Tim Ingold o Marisol de la Cadena.
6Aludiendo a Alfred North Whitehead; Dialogues of Alfred North Whitehead; Boston, David R. Godine, 2001, p. 363. (Avanessian, 2021, p. 32)

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