Diseminar la existencia

Cuando el discurso aterriza en escritura, la máquina de sentido se transforma, de manera que el dispositivo que activa el aire transformándose en mensaje se aletarga; no depender de la respiración permite leer y releer, trazar, tachar y volver a trazar. Los dedos sobre el teclado se fugan a la pantalla y a la codificación numérica; se sigue respirando, mientras una rodilla no se coloque sobre el cuello con el pretexto del orden instituido. Las manos guían la pluma, los mundos entrelazados por la red numérica/electrónica afectan el sentido sin ser ágora.

Ver un meteorito trazando con fuego el cielo: la escritura efímera queda grabada en los ojos, invitando a recuperar lo encantado, donde los que existen son reconocidos: más allá del prójimo, más allá del ánima o de las mitologías hebreas, griegas o romanas. La luz celeste cae creando un cráter que horada la tierra, la penetra, vence su resistencia para marcar una potencia que se hunde, que se suma a los huecos sostenidos por olvidados materiales; se siente el horror cósmico. Los eventos celestes nocturnos no solo inducen a la admiración y el respeto que multiplican distancias, pueden inducir a la fraternidad; contrario, la explotación del manganeso choca con lo que es cercano, con las piedras que son genealogía, con lo sagrado del lugar que da pertenencia. El tono patriarcal de Reza Negarestani contrasta con la apertura sensible de Elizabeth Povinelli, aunque en la contradicción coincidan al horadar el antropocentrismo. La alteridad radical de Ciclonopedia apunta a una inteligencia, lógica o sensibilidad no humana —o posthumana— que la poética/relato intenta dejar emerger. La crítica que establece Geontología resalta la “inhumanidad” excéntrica del “salvaje”, para diseminar la existencia.

La vida desde las dos visiones contrasta: de manera que el desierto persa es la sombra que la muerte extiende para señalar la materialidad oscura, a la cual todo vivo pertenece. El desierto australiano le devela a Povinelli ciclos de potencia que, en la escucha, pueden definir si se actualizan en vida o si el sentido a tomar es aquel de la tierra dando la espalda.

Xenopoética entendida como una escritura desde la alteridad radical que no trata de representar lo extranjero o exótico desde una perspectiva humana, sino de explorar modos de producción textual que escapen a la subjetividad antropocéntrica. La máquina de producir sentido no solo da lugar a figuras tan complejas como el “( )agujero”, en el que el agujero no es una cavidad en algo, sino la condición de posibilidad misma de que haya un «algo». Los paréntesis operan desplegando el vacío como principio, mientras el complemento “agujero” expresa la materialidad del petróleo, el túnel, la falla o el inframundo; el vacío no es lo que falta, sino lo que opera, potencia. Desvinculándose de la penetrabilidad, lo geológico puede también ser imagen de la alteridad radical, que posibilita escuchar las piedras. El poder deja de ser dominio que somete, para entenderse como potencia; el biopoder que plantea Foucault se transforma para disolver el antropocentrismo que domina la política en sentido griego. Coexistir implica el reconocimiento de los diferentes, de una extranjería tan radical que puede ser la imagen de una piedra celeste enterrándose, cambiando la temporalidad del carbono configurado en vida. El ritmo se hace tan lento que no permite evidenciar la erosión poniendo a volar polvo, impide apreciar el movimiento de los cristales. El excentricismo como orden de la escritura propicia el testimonio del paso de los cometas; el cometa es escritura celeste que deja testimonio gráfico para respaldar el recuerdo distante de lo ausente.

Elizabeth Povinelli transcribe el relato que le dan a pensar los diferentes, los marginados por la normatividad establecida que escinde la Vida y lo inerte; es amiga de aquellos que evaden la extensión normativa del colono, de quienes se oponen al orden pautado por el lucro y el extractivismo en el marco del liberalismo de ocupación. Este relato se materializa en las figuras del desierto, el animista y el virus, tropos que describen el límite poroso entre aquello que habita, reproduciéndose y auto-organizándose; del espacio de aquel que, atento, cuida y conoce; Vida y No-Vida en diálogo que permite poner en deriva la significación, sin designar lo que llega a ser completamente vida o expresión mineral. No hay poema: la escritura se aventura en la traducción, siempre fallida, en la que se tamiza lo que pertenece a la tierra, al lugar; las palabras convertidas en granos de palabras que permiten la crítica, a conciencia de que es especulativa. El extranjero y la extrañeza que produce, convidado por las palabras que hacen cosas, que integran la incomprensión común en un sentido sostenido por los afectos, cierne lo que afecta imposibilitando la relación, tamiza el polvo fino a decantarse en la coexistencia, en la Vida, en lo No-Vivo.

Cuando se alude a poética, la dirección primera es la de atender un poema; exceso semiótico del lenguaje con la capacidad de afectar. Pero el sentido no solo se somete a los sistemas estructurados de significación: las miradas, el sol, los granos que se transmiten de piel en piel, la altura de las olas, son en sí significación, pudiendo llegar a formalizarse en el lenguaje que conmueve. La poética que convoca las diferencias, que acoge al extraño extranjero, multiplica factorialmente aquello que puede ser atendido para pensar y obrar. Xenopoética hurtada a los flujos de información, procesos geológicos, matemáticos, computacionales o biológicos anónimos; un extranjero toma lo que el CCRU1 propone y trata de plantearlo como poética de vida.

La desmesura no corresponde a encontrar placer en la guerra, es perder el miedo a la hybris en tanto subversiva. Violentamente normados en la costumbre de andar de rodillas, trabajo y consumo bajo el paradójico orden de la libertad eficiente, tomar dos monedas y comprarlo todo. Es quimera imaginar más allá de la norma, constituida para coartar la vida poética; un falso equilibrio asegura el gesto repetitivo de roer con las uñas la selva convertida en cantera. La multitud cohesionada en enjambre no permite fuga: estandariza la diferencia particular para impedir la riqueza de los sueños. Diferenciar términos, diseminarlos para disolver la mesura, erguirse contra el miedo de la norma impuesta arbitrariamente; la arrogancia de la hybris no consiste en reclamar honores para sí, es atrevimiento de pedir lo merecido, lo que el temor le ha arrebatado a la dignidad. La altanería como rebelión para que los existentes se enderecen reclamando derecho. Piedras sosteniendo árboles, árboles apuntalando el cielo, lluvia sosteniendo vida, la desmesura emparejando los lugares de dioses destronados permite el orden de lo múltiple dialogando; la desmesura surge desde la ausencia, el poder derrocado, la disciplina castrense normalizada es sustituida por el canto o la risa. Negarestani, al conjuntarlo con los persas, deconstruye el poder centrado en el occidente estadounidizado adicto al petróleo; al parecer el hombre naranja, sin intención, señalará el potencial de la red múltiple para negociar normas.

Ciclonopedia aventura una idea redundante con dos concepciones de vacío:

The term Kareez’gar technically and linguistically eludes translation, but might be rendered, with considerable mutilation, as ‘hole complex’ — or, more accurately, ‘( )hole complex’, since Parsani’s original term implies both a destituted Whole (creation, genesis, state, etc.) and a holey-ness (Negarestani: 2008, p. 42) . 2

El paréntesis vacío del complejo ( )agujero indica precisamente eso: el lugar donde debería estar el Todo está vacío desde siempre. La desmesura no es contra un orden, sino desde la ausencia de orden. Realizar una escritura Xenopoética se traza en el espacio de un Todo destruido donde la totalidad (sentido, referencia, sujeto, mundo) ha sido puesta entre paréntesis antes de empezar; no llena el paréntesis: escribe desde dentro del paréntesis vacío como única morada posible.

El sistema ( )agujero de Reza Negarestani describe un tránsito hacia la positividad de la ausencia; Povinelli empuja para desplazar el orden instituido por el carbonizado liberalismo económico. ¿Hay que elegir? Mejor mezclar, cribar y ver qué queda, componer a partir de materiales desfigurados, polvaredas, agujeros y quimeras coexistiendo. Desobrar el poder político que gestiona la vida; la biopolítica es la tecnología de poder que se ocupa de la población, la regulación de los procesos vitales (nacimientos, enfermedades, etc.); es, en esencia, una política de la vida. La política no solo «gestiona» la vida, sino que produce activamente un umbral de excepción donde la vida ya no importa, lo inerte queda excluido, se silencian sus quejidos; para Povinelli, esto se manifiesta en el abandono de aquellos que no se ajustan al ideal de lo «Vivo». Delata la partición entre Vida y No-Vida, para que la jerarquía que otorga poder no disponga de la muerte ni administre la vida normalizándola; para que lo no vivo deje de ser explotado y comercializado en satisfacción del lucro que valida las vidas. Desmontar la ley general que aparece después de los cortes que purgan lo diverso, que imponen un orden universalizado por el ejercicio del poder colonial, constitución de lo imperante, sumisión al Estado Nacional regido por la racionalidad del liberalismo económico. Povinelli describe la poética/vida del “salvaje extranjero”: el animista insiste en que la diferencia entre Vida y No-vida no debe considerarse un problema, ya que todas las formas de existencia llevan en sí mismas una fuerza vital de espíritu y afección. Ciertas poblaciones históricas y sociales se identifican como portadoras eternas de esta percepción animista central; dichas poblaciones se ubican principalmente en ocupación colonial, pero también incluyen poblaciones precristianas y preislámicas de todo el mundo, al sujeto contemporáneo que recicla sus desechos, al neopaganismo, a los estudios científicos y tecnológicos basados en actantes y ciertas formas de representar y percibir una serie de nuevos sujetos cognitivos.

Geontologías: un réquiem para el liberalismo tardío, es la invitación a pensar una política que no consiste en «incluir a los excluidos» en el viejo marco, sino en transformar el marco mismo. Se trata de hacer visible que la separación entre lo que puede ser abandonado y lo que merece ser cuidado es una ficción del poder. Su «poética de vida» es, en el fondo, una potencia ontológica: la capacidad de mostrar que la vida, incluida toda materia, es siempre más compleja, más rica y más indisociable de su forma que lo que el simple cálculo biopolítico puede procesar.

Si la «poética de vida» es una afirmación ontológica que disuelve las jerarquías excluyentes de Vivo/No-Vivo, entonces un “imaginario del carbono”, emblemático de los intercambios de energía que anima todo metabolismo en la Tierra o a las sociedades adictas a los combustibles fósiles, no puede ser un simple obstáculo a eliminar, sino que se convierte en un “objeto de tensión interna” dentro de esa misma poética. El «imaginario del carbono» representa el intento del poder geontológico de colonizar y capturar esa potencia ontológica, reduciéndola nuevamente a un recurso calculable.

Siguiendo a Povinelli, se entiende como “imaginario del Carbono” aquello que

Es la metáfora y el modelo mediante el cual la modernidad occidental distingue lo «Vivo» de lo «No-Vivo». Asume que la vida se define por procesos metabólicos basados en el carbono (nacer, metabolizar, reproducirse, morir). Todo lo que no cumple con este ciclo (minerales, ríos, virus, conceptos abstractos, o incluso ciertos modos de vida indígena) queda relegado a un estatus de «mera materia» o «no-vida», disponible para ser explotado o abandonado.3

El imaginario del carbono sería lo que “limita y domina” la potencia ontológica desde dentro. No es un error empírico, sino una “máquina de captura”. La poética de vida del extranjero afirmaría que la materia (incluida la mineral, la viral, la geológica) tiene una potencia, una agencia, una capacidad de relación que no se reduce al metabolismo del carbono. Sin embargo, el imaginario del carbono opera como una rejilla que autoriza ciertas formas de existencia (las que respiran, comen, mueren), a la vez que desautoriza otras (las que persisten, se ensamblan, se transforman sin un ciclo vital claro). En este sentido, el imaginario del carbono es el enemigo interno de la poética de vida: es la tentación de volver a un dualismo simple, incluso cuando se intenta superarlo. Más allá de la crítica, una poética de vida radical no puede simplemente negar el carbono. La materia de carbono existe, es real, y constituye gran parte de los cuerpos animados. El problema no es el carbono, sino el imaginario que lo convierte en un principio de separación.

Una poética afirmativa replantearía el carbono como un material de tránsito, no como un umbral de pertenencia. El cuerpo de carbono no es más vivo que el río de silicio o la montaña de oxígeno. Simplemente, persiste de otra manera. Su potencia ontológica no reside en el metabolismo, sino en la capacidad de transformarse, de relacionarse, de afectar y ser afectado, al igual que el mineral, el virus o el concepto. En esta redefinición, el carbono deja de ser el amo de la distinción Vivo/No-Vivo y pasa a ser un participante más en un campo de fuerzas ontológicas. Su lugar es el de un idioma entre muchos, no el metalenguaje de la vida.

Frente a esto está latente la posibilidad de caer en la indiferencia donde todo es igual, todo tiene potencia ontológica (el carbono y el silicio, la célula y la roca). Esto plantea el problema de cómo se ejerce el cuidado. Al abandonar toda distinción, el poder geontológico, indiferente, continúa explotándolo todo. La traducción plantea que la poética de vida del extranjero no borra las diferencias, sino que tiene otro modo de configurarlas. No se trata de decir que una molécula de carbono es idéntica a una persona, sino de decir que la persona no es más valiosa porque tenga carbono, sino porque establece relaciones de cuidado y dependencia. El criterio ya no es la composición material (metabolismo), sino la intensidad de la relación y la vulnerabilidad compartida. La potencia ontológica no es un lujo filosófico, sino una urgencia práctica: cómo cuidar un mundo donde lo «inerte» también puede ser destruido y donde la vida propia, basada en el carbono, es solo una nota en la sinfonía más amplia de persistencia material.

Dos medios que expresan diferentes tonos. Se puede disentir si Reza Negarestani enuncia vinculado a su ascendencia persa, mientras Elizabeth Povinelli lo hace consciente de la dificultad que implica compartir, traduciendo, las formas de realizar la vida con la potencia que da lo posible, lo diferente. La confusión compartida es la misma: cómo ampliar la lectura para que, independiente de las formas elaboradas por las palabras, se logre compartir un pensamiento encantado que disloca el poder como ejercicio e invita a coexistir.

Referencias

Negarestani, Reza (2008). CYCLONOPEDIA, complicity with anonymous materials. Melbourne: re.press

Povinelli, Elizabeth (2023) Geontologias. Um réquiem para o liberalismo tardio. 1ª ed, EPUB. São Paulo: Ubu Editora

1Cybernetic Culture Research Unit, fue un colectivo interdisciplinario de teóricos y artistas experimentales, fundado en 1995 en el departamento de filosofía de la Universidad de Warwick (Reino Unido). Es reconocido por su mezcla ecléctica de cibernética, ocultismo y ciberpunk.

2«El término Kareez’gar técnica y lingüísticamente escapa a la traducción, pero podría traducirse, con considerable mutilación, como “complejo agujero” o, más precisamente “complejo ( )agujero”, ya que el término original de Parsani implica tanto un Todo desposeído (creación ( ), génesis ( ), estado ( ), etc.) como una condición de agujero».

3Traducción propia desde la edición en portugués. (Povinelli: 2023)

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