Hiposujetos que trazan

Morton, T., & Boyer, D. (2023).

Hiposujetos: Cómo convertirse en humanos (1a). Holobionte.

Las palabras se van cargando de afectos y comienzan a tener diferentes efectos. Cuando se las comienza a estimar, tratándolas con cuidado, nos comparten aquello que las hace vibrar; pero se deterioran de tanto usarlas sin aprecio alguno, herramientas sin lubricar arrumadas con indiferencia en el cajón del ferretero que, insensato, solo busca mantener una superficialidad brillante. Tal es el caso de la Deconstrucción, neologismo amasado por Jacques Derrida y que activa la deriva, como dispositivo que tiene la capacidad de fomentar estrategias de emancipación. Y es por su temperameramento emancipatorio que se resbala de cualquier determinación. Si el laberinto no es una cifra destinada a ser prisión, no tiene centro y se puede acceder desde múltiples direcciones, de manera que se multiplican las salidas: la Deconstrucción todavía tiene que dar, al ser transitada, asumiendo su carácter excéntricamente innombrable, relegada a la penumbra para evitar su corrupción; es el juego propuesto por Timothy Morton y Dominic Boyer, quienes siguen su sentido sin señalarla. Aluden pocas veces a Derrida, pero cuando escriben que las ideas pueden ser hiposujetos “…que más o menos viven y corren libres en mi mente y yo puedo reproducirlas, y puedo ser un vector de ellas”, su escritura, en ese momento, manifiesta la complicidad con la de Derrida, desplazándonos de ser sujetos postulantes, promoviendo “una especie de realismo realmente alterado y distinto” (p. 49).

Tampoco dan créditos al Rizoma, pero desde el principio plantean la irreductivilidad de su libro escrito a dos voces y que evita su conclusión. Las líneas que aquí registro tratan de participar en el juego que plantean, y si dejan entrever mi temperamento hipersubjetivo, me salvan mis incapacidades, permitiendo acercarme un poco a la hiposubjetividad.

Donna Haraway habla acerca del juego en términos de «parentesco»: el juego como una ocasión cruda para la emergencia, el juego como un aliado vital para la crítica, ya que el juego se compromete con maneras de ser en el mundo que no son completamente funcionalizadas. (p. 36)

La dinámica tecnoempresarial que condiciona al pensamiento como trabajo, le ha suprimido el angustioso placer de ser aventura para especular, sin pretender llegar a una solución. La legislación operativa que pone todo a coincidir, perpetúa lo insostenible, al evitar la emergencia de posibles imprevistos. A manera de lápida, el Antropoceno señala el estrato geológico en que nos pulverizamos como especie, arrasando con muchas cosas en su paso; no asumimos el descentramiento que nos permita “experimentar nuevas clases de vulnerabilidad” a la vez que nos hagan “descubrir nuevas y potenciales alianzas” (p. 96)

…el Antropoceno es el primer concepto verdaderamente anti-antropocéntrico porque nace del darse cuenta que eres débil, una entidad frágil que podría extinguirse, que está conformada de otras especies que no son tú y que coexistes con estas otras entidades y te relacionas completamente con ellas” (p. 41).

Jugar no es una actividad inofensiva, permite desenmascarar la mortal seriedad que promueve funcionar bajo el signo de la competitividad, que a su vez estimula el desarrollo productivo; el juego da posibilidad a la interpretación y a mostrar arrugas en apariencia insignificantes e imperfectas. Ejemplo de esto es la manera como escrutan la escritura de Marx para testimoniar la ausencia de la palabra “capitalismo”, destacando que la formalización de la actividad productiva sobre la que derivan sus ideas es el “capital”, en tanto diversidad de maneras que puede asumir para su articulación; el hiperobjeto denominado capitalismo, ese objeto “gigantesco y multifacético en su distribución en el tiempo y el espacio como para que los humanos podamos entenderlo completamente” (p. 18), se subsume a la operatividad de intercambios productivos en los que el dinero restaura su dimensión neta de símbolo. Marx indica mas bien el crecimiento hacia el bienestar que “pasa a través de la modernidad y el capitalismo para llegar a un lugar mejor” (p. 33), no olvidando que en Marx – lo señalan TM y DB– “la producción no significa lo que el fordismo o la ergonómica piensan –es decir, la eficiencia con el único fin de sobrellevar mejor la existencia–. La producción es placer ¿vale?. Es la evolución de los sentidos.” (pp. 33-34).

Así como puede darse una tonalidad distinta a las ideas de Marx, TM y DB se ponen a transformar el cauce antropocéntrico que dicta la relación de sujeto y objeto, en la que el hombre es el sujeto consciente por excelencia que tiene la capacidad de explotar los objetos puestos a su servicio. Si esa es la manera en que se ha articulado el relato y las acciones para definirnos humanos, es una buena idea pensar qué y como somos, en función de cambiar el sentido de nuestras maneras de actuar hacia el cuidado responsable de coexistir, restituir el que nuestra humanidad se da siempre en ser con otros y en otros, seres difusos y compuestos en una lógica de conjuntos que apuesta a la multiplicidad, cuando nos recuerdan que el uno puede ser menor que la suma de sus partes. Como ejemplo aluden a la flora intestinal, la okupa a nuestros cuerpos por parte de microorganismos

Digámoslo así: ¿Y si en vez de intentar trascender se pudiera desarrollar una mayor vulnerabilidad? Esto es algo en lo que no puedo dejar de pensar. Es decir, volverse más susceptible a una mayor variedad de cosas que no son tú, la mayoría de las cuales son no-humanas, incluido tu propio cuerpo. En este sentido ni siquiera la especie humana es humana, si consideramos que las bacterias intestinales, microbios y otros microorganismos que viven en nuestros cuerpos superan en número a nuestras células humanas 10 a 1. Son pequeños, pero muy activos. Creo que lo que estás diciendo es que necesitamos prestar atención al hecho de que somos vulnerables y estamos interconectados con otros seres. Y que los amenazadores hiperobjetos en el Antropoceno nos hacen experimentar nuevas clases de vulnerabilidad, pero también nos hacen descubrir nuevas y potenciales alianzas (p.96).

La trascendencia en la cual la unidad refleja y supera la suma de las partes cede protagonismo a una humanidad vulnerable y simbiótica, desmitificando la unidad que establece la coincidencia de unos con otros; separados, se ponen en marcha los acuerdos de posibles comunes. La ecopolítica concebida como espacio de negociaciones que promuevan las posibilidades para superar con vida el Antropoceno, no una política para especialistas en biología.

El relato de TM y DB posicionan la negatividad como complemento, disipando la organización maniquea de un bueno blanco que se opone a un malo negro, o viceversa; se trata de evitar que lo negativo se sitúe forzosamente como un momento dialéctico obligado a desarrollarse en una síntesis que restituya de nuevo lo positivo, ese estar bien, gracias a la adición que permite el crecimiento y el desarrollo. Entre positivo y negativo aparece un espacio a transitar pensando y actuando, concibiendo el bienestar como prosperidad y no como desarrollo: lo favorable y venturoso está abierto a la contingencia y multiplicidad de posibilidades, recibir favores es reconocer al prójimo, estar en disposición de aceptarlo, la buena ventura implica entregarse a la posibilidad, que suma bienestar, en movimiento y contingencia. De manera distinta, el desarrollo se hila en una línea que desde el principio señala una finalidad a alcanzar, el remate que señala el logro de haber recorrido la longitud establecida y alineada. Limita los posibles, permitiendo que se sobrevalore la suma que acumula una sola cosa: el desarrollo se asocia a la suma que acumula dinero para el bienestar. La prosperidad, abierta a muchos posibles, suma más recursos en una economía que propicia la riqueza de la vida.

Cuestionado el tiempo del crecimiento y del desarrollo, debemos transformar lo que viene y pasa en movimiento que promueve la prosperidad. Son muchas las grietas y parches que se encuentran sobre el camino que dirige hacia arriba y al norte; frente a un posible colapso de la especie humana, es difícil seguir creyendo las pautas establecidas sobre la línea hacia el futuro, en la promesa de plenitud de la historia cumplida; es profundamente cuestionable la modernidad como proyecto de superación continua de sí misma, llegando a un momento colmado, satisfecho y constituido en un orden cristalino que reproduce la perfección cifrada y geométrica.

Es necesario entender el mundo de maneras diferentes, ya que nuestro mundo acelera los cambios de maneras no previstas, cambios inesperados al los que debemos atender. Quizá funcione atender la hipótesis del hiposujeto, que es menos que la suma de sus partes, que es un “exohumano buscando hogar” (p. 62)… quizá.

∞ Los hiposujetos constituyen la especie nativa del Antropoceno, aunque sólo ahora empiezan a descubrir lo que podrían llegar a ser.

∞ Al igual que su entorno hiperobjetual, los hiposujetos son también multifase y plurales, todavía-no, ni aquí ni allá, menos que la suma de sus partes… En otras palabras, son subscendentes en vez de trascendentes. No buscan ni fingen tener un conocimiento absoluto, un lenguaje absoluto, ni mucho menos poder. En vez de eso se dedican a jugar; cuidan, se adaptan, duelen, ríen. 

∞ Los hiposujetos son necesariamente feministas, antirracistas, coloridos, queer, ecológicos, transhumanos e intrahumanos. No reconocen la autoridad de la androleuko-hetero-petromodernidad, ni el comportamiento de especie suprema que esta epitomiza y refuerza. Pero también son cautos con el placer/horror de las fantasías de extinción, porque los antes, ahora y después de los hiposujetos son múltiples.

∞ Los hiposujetos son okupas y bricoleuses. Habitan las grietas y huecos. Ponen las cosas patas arriba y trabajan con fragmentos y restos. Se han desconectado de la forma de vida basada en el carbón, y ahora hackean y redistribuyen sus energías almacenadas para sus propios propósitos.

∞ Los hiposujetos llevan a cabo revoluciones allí donde el radar tecnomoderno no alcanza a detectarlos. Ignoran pacientemente las voces de los expertos que afirman que ellos no existen o no pueden existir, y son escépticos ante los esfuerzos que tratan de definirlos, incluyendo todo lo que acabamos de decir.

(pp. 20-21)

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