Hay palabras que se abren de manera más extensa a todo un campo de connotaciones y desplazamientos conceptuales; es el caso de “modernidad”, cargada de temporalidad, de novedad, de instituciones, de desarrollo, de formas para conocer y hacer mundo. No sobra detenerse a mirar el sitio desde el cual se pronuncia, distinguiendo cuál es el juicio previo que la designa, para respirar mejor en el espacio de sentidos que permitan derivar por la red contextualizada. La modernidad, en tanto que andadura histórica, se inscribe en la tradición eurocéntrica, constituyéndose en un dispositivo occidentalizante. En esta frase se puede inferir que hay ángulos disciplinares que la refractan en un espectro de comprensión, a la vez que se multiplica en la traducción resultante de su puesta en marcha; la modernidad, cuya temporalidad es indisociable a la linea de un tiempo que transcurre hacia adelante, no puede considerarse como una sola y única forma de transitar, al fluir en diferentes intensidades, dependiendo si se trata del dispositivo puesto en marcha en las Américas, en las Áfricas u otro medio de interpretación. La abundancia de prefijos que se le cuelgan a “modernidad”, ha de tomarse como polifonía que invita, rebasando cualquier relación armónica, al viaje hacia el no lugar en el horizonte, volviendo más importantes los momentos en que la diversidad de líneas, que coinciden en la premisa de dar respuestas hábiles en el camino, asumen ahora que adelante es inalcanzable. O se puede seguir el ejemplo de Josefina Ludmer, que conceptualiza en la doble contradicción de “lo que viene después” al dispositivo del presente o a Marina Garcés con una temporalidad de lo póstumo.1
Enunciar “modernidad”, es para denunciar cómo lo “justo”, ha dejado de ser pensado; ya no es parámetro de calibración en todos los segmentos y momentos de las pautas de andar, de un sentido de derecho y justicia que permitía una práctica de bienestar. Estando al compartir un planeta con el arbitrio del derecho internacional. Estando en un territorio con la posibilidad de entablar diálogo. Estando en un lugar, donde reconocer al particular le permita asumir su diferencia.
Entender la modernidad como proyecto en tránsito, implica asumir que es una forma difusa, instrumentada por mitologías que condicionan las formas como se va modelando la modernidad, permitiendo que el continuo desplazamiento, vaya organizándose sobre los aciertos que promueve la coexistencia, formas dirigidas a fomentar el beneficio común; un movimiento continuo que verifica y ajusta la relación benéfica, identificando a su vez el perjuicio, tratando que el muestreo de beneficios y perjuicios sea lo más amplio posible, además de regirse por una premisa inclusiva, que si bien no cobija la totalidad de los comprometidos, considere la mayor cantidad de diferentes.
Cambia la historia de lucha entre el bien y el mal, en un movimiento que no oscila de extremo a extremo, en batalla de fuerzas que, como en cualquier guerra, surge del objetivo triunfal de alguno de los litigantes. El maniqueísmo oscilatorio da paso a una dinámica cuya descripción está más cercana a la de las moscas, un movimiento aleatorio de intensidades variables, se posan para caminar, se estrellan contra el vidrio de la ventana o desaparecen por la puerta para establecer un nuevo campo de acción en la habitación contigua. Redes y nodos, tejidos por la expectación continua que produce la experiencia ética, resultante del tramado de actos cuyas premisas son estar bien con el otro, para el otro y lo otro. Estar en tránsito, asumiendo la osadía de aprender, afectados por el contraste de los errores, de los malentendidos, viviendo el riesgo de dialogar para promover la vida.
Es difícil negociar en términos de inclusión, ya que el extranjero es la amenaza surgiendo de las sombras, que el conocimiento institucionalizado no penetra, o peor, teme penetrar. No es fácil reconocer todo: coexistir con la aparente quietud de las piedras requiere el silencio que permita escucharlas, percibir cómo ruedan en la creciente del río, lograr sentir el lento desboronarse en arena que se acumula en las playas o se petrifican nuevamente en coral. Por el contrario, es fácil captar aquello que repele, el mal asociado con la negatividad que excluye; el peso aplastante que resiste, transformándose en muro; o la pétrea dureza que rompe los dientes al mascar indiferentes un plato de lentejas, ponen en peligro el espacio de inmunidad que narcotiza, seguros de las normas inviolables que han marginado cualquier disidencia, aletargados en el engaño de poder resistir lo telúrico, cristalizados en la cotidianidad entregada a producir lo que siempre será ajeno, asumiendo como dogma los decálogos políticamente correctos.
Las reglas de gestión se alejan del pensamiento plástico de la negociación, la ley no se rompe a no ser que sea para el beneficio de quien las interpreta para consolidar el feudo que le pertenece, la norma sirve para aplanar y no como lineamiento cuyos parámetros permiten ajustar un espacio común; es el amasado precario hecho con rodillo que permite troquelar galletas, impidiendo la diversa abundancia provista por la vida; coartando la creatividad que le da fuerza al pensamiento.
Lo justo es la razón que distribuye contemplando los intereses de los particulares implicados, una matemática detallada y delicada, dedicada a dividir sin perjuicio o llegando a repartir lo que perjudica, para que lo que es común, llegue a ligar, sea alianza. Poco importa la justicia al trabajo de gestionar, la gestión corresponde a un credo que sacrifica la delicadeza y el detalle, en función de la razón de la multiplicación optimizada; la productividad en sí misma, no para compartir sino para acumular. Multiplicar sin sentido montañas de lo mismo es lo óptimo, es lo que permite las sobras para el comercio, para la competencia de los particulares que minan lo común, cantera para multiplicar fragmentos fáciles de echar al bolsillo; sentido de lo insignificante: pepita de oro. La mitología del gestor se instrumenta en razón de cómputo, el decálogo que amputa la experiencia digital de las caricias, pues estas no pueden cuantificarse; la contabilidad que determina el control de las vidas que desconoce; cantidad de leyes que organizan los despachos que escriben nuevas leyes, demandando más burócratas para la organización, gestionar para gestar normas no corresponde a saber ministrar, a tener la disposición de ad-ministrar.
La matemática es el instrumento creativo que posibilita llevar la cuenta de abasto y desabasto, de proyectar; de aventurase a la cosmología y a las partículas más profundas en la materia. Aún así, el cuento ilustrado de la modernidad se desdibuja cuando la razón matemática pretende reducir a cifra los afectos, cuando se toman medidas en extenso para poder controlar toda intensidad; Newton pierde su magia de alquimista en el momento que ejemplifica el orden científico; lo experimentable, condicionado a protocolos y normas restringe la experiencia que permite pensar la razón como relación hacia lo justo. La ilustración radical ya no marca el camino de la modernidad, siendo reducida la crítica a una técnica más, incluida en la gestión, para que no altere la productividad empresarial; el compromiso combativo de la crítica contra la credulidad dogmática, que “no es otro que la mejora del género humano, contra todo aquello que, de manera habitual, lo oprime y lo degrada”2 y que, al cuestionar la opresión y la degradación, descarta ejercerlos como estrategias de dominio definitorias de lo humano. El boom posmoderno, pudo utilizarse para dotar de más energía a la crítica, pues al fin y al cabo, el prefijo implica una modernidad que viene después y continúa en su tránsito, contrario al sentido que invitó a clausurar la modernidad y repetir la condena insensata, de la sumisión al dogma transformado en dinero. Todo se vale no es lo mismo que recuperar el valor de las diferencias, para establecer campos ajustables que permitan relaciones de bienestar. De igual manera, la institución del mito tecnocientífico en la fascinación desarrollista, lejos de articular el conocimiento con su instrumentalización en beneficio generalizado, se enlaza con el lucro y el control, ampliando las brechas, tanto económicas como de saberes, dándole más fuerza al cómputo de la productividad. Millones murieron por no tener acceso a respiradores artificiales ni a condensadores de oxígeno; el conocimiento de los procesos de intubación endotraqueal, expuso la inexperiencia; la amnesia profiláctica, demostró la insuficiente consolidación de saberes e incapacidad creativa. Millones seguirán muriendo de asfixia o hambre debido a sostenibilidad de un sistema económico basado en el petróleo entendido como riqueza.
La modernidad, que posee las herramientas conceptuales y sensibles para trabajar en la inclusión, es a su vez múltiple, en la medida que, como proyecto, puede ser acogido por los diferentes. La crítica permite la plasticidad que modela variaciones y acoge posibles, a la vez que vela por conservar “arte de los límites que nos devuelve la autonomía y la soberanía”.3 Tomar el tiempo para pensar de qué manera se torció, en su transitar, un proyecto de bienestar, es prioritario cuando la ética, producto del eurocentrismo, se resquebraja al mismo ritmo en que Europa paga el precio de la arbitrariedad colonial y la estadounidización; habitando la región occidentalizada, urge pensar la justicia y la ley, para que el crimen organizado no lo devore todo, a la vez que sustituye la vida en su buen estar, por la supervivencia de unos pocos que no pudieron atender el tiempo actual como momento para atender el sentido de las palabras como trabajo que prorroga cumplir la cita a la muerte de manera colectiva y generalizada; trabajo prioritario del presente: acoger lo que viene después como posibilidad vivible. Esto convoca la imaginación para replantear las mitologías que permitan modificar instituciones y prácticas.
Referencias
- Escobar, A. (2012). Cultura y diferencia: la ontología política del campo de Cultura y Desarrollo. Wale’keru – revista de investigación en cultura y desarrollo, Nº 2 / 2012. España-Colombia
- Garcés, M. (2017). Nueva ilustración radical. Anagrama: Barcelona.
- Habermas, J. (1989). El discurso filosófico de la modernidad. Madrid: Taurus.
1 “‹‹Lo que viene después›› podría ser un instrumento para pensar un presente porque recorre todas las divisiones (económicas, políticas, históricas, culturales, literarias: el después está en todas partes). Lo que viene después es como un movimiento de historización del presente; un modo de periodizar y un modo de imaginar el cambio porque traza una secuencia, se pone en un devenir e implica una concepción dinámica de la reflexión.” Ludmer, Josefina (2010). https://lavaca.org/notas/lo-que-viene-despues/ 30/12/2010 Cons: 16/06/2025
“Confrontados con el agotamiento del tiempo vivible y, en último término, con el naufragio antropológico y la irreversibilidad de nuestra extinción, nuestro tiempo ya no es el de la posmodernidad sino el de la insostenibilidad. Ya no estamos en la condición posmoderna, que había dejado alegremente el futuro atrás, sino en otra experiencia del final, la condición póstuma. En ella, el pos- no indica lo que se abre tras dejar los grandes horizontes y referentes de la modernidad atrás. Nuestro pos- es el que viene después del después: un pos- póstumo, un tiempo de prórroga que nos damos cuando ya hemos concebido y en parte aceptado la posibilidad real de nuestro propio final”. Garcés, Marina. (2017). Nueva ilustración radical. Anagrama: Barcelona. P. 16
2Garcés, Marina. (2017). Nueva ilustración radical. Anagrama: Barcelona. P. 39
3Ibid., p. 38


Deja un comentario