Juan Carlos Bermúdez
Cuernavaca, 2023
Para seminario RESMA
Fragmentos
[…] la matemática subyacente en este intento especulativo: la adición imaginativa de opciones, en un ejercicio de pensamiento que añada posibilidades y horizontes conceptuales capaces de prevalecer sobre las probabilidades resultantes de los datos actuales. Lo probable desdibuja lo diferente, de manera que la realidad que se modelaba por la activación de nuestra atención hacia las cosas, se ha empaquetado en un espacio preformado para la experiencia de seguridad, lo que obliga a la exclusión de toda diferencia, nos ha incapacitado al diálogo para con todas las singularidades que se nos presentan. El sentido unívoco es pérdida de sentido y corresponde a perseguir anhelos que no nos afectan. Acatar la legislación de un mundo en cuya constitución no hemos participado neutraliza la concepción de que el futuro y el pasado pueden ser diferentes, que las leyes demostradas empíricamente en el presente están sujetas a la contingencia en la “que el tiempo puede hacer emerger cualquier conjunto no contradictorio de posibles” (Meillassoux, 2018, pp. 42-43)
La actualidad disruptiva está poniendo a la deriva conceptos que antes se consideraban sólidos y que formaban parte de la tradición moderna. La rapidez con la que están ocurriendo los cambios en la tecnología, la economía, la política y la sociedad en general están transformando profundamente la forma en que vivimos y pensamos. En este contexto, es necesario repensar los conceptos y valores que han guiado la modernidad y que hasta ahora habían sido considerados universales y objetivos. En lugar de tomarlos como verdades incuestionables, revisar la manera en que estos lineamientos se sostienen sobre la exclusión; debemos analizarlos críticamente y entender cómo están siendo transformados y desafiados por los cambios actuales.
Se puede comenzar pensando el futuro como un hecho cultural, para después reconocer la transculturalidad y desantropizarnos, permitiendo prácticas de “cultivo” que desvelen, conjurándola, la excepcionalidad humana. El futuro no es algo dado o predeterminado, sino que su contingencia puede ser empujada social y culturalmente a través de nuestras acciones y decisiones; las profecías de futuro pueden alterar hipesticialmente[1] el presente; podemos determinar el punto de corte que marca el principio de realidad. Las tendencias actuales no son inevitables, sino que nuestras elecciones y el actuar colectivo se suman al momento de organizarse la bifurcación en el tiempo. Esta participación cultural la describe Arjun Appadurai, señalando como se regula dentro de la diversidad en la que se negocian los motores que permiten y dan forma al hoy/mañana de la gente
Al perfeccionar las maneras en que las concepciones específicas de aspiración, anticipación e imaginación se configuran para producir el futuro como una forma u horizonte cultural específico, estaremos en mejores condiciones de ubicar dentro de este plan ideas más particulares sobre la profecía, el bienestar, la emergencia, la crisis y la regulación. También debemos recordar que el futuro no es solo un espacio técnico o neutral, sino que está atravesado por afecto y sensaciones. Por lo tanto, no debemos limitarnos a examinar las emociones que acompañan el futuro como hecho cultural, debemos también incluir las sensaciones que produce: temor, vértigo, entusiasmo, desorientación. Las numerosas formas que toma el futuro también están moldeadas por estos afectos y sensaciones, ya que les dan a las diversas configuraciones de aspiración, anticipación e imaginación su gravedad específica, su tracción y textura. (Appadurai, 2015, p. 377)
En humildad, la imaginación ha de trabajar asumiéndolos en tránsito, que somos enviados a algún lugar, pero no hay un destino fijo. La sensibilidad debe dotarnos de la capacidad para dar cabida a la viscosidad mediadora de la contingencia y permitir que acojamos lo extraño, sintiendo y dando sentido al bucle formado desde los otros que a su vez somos. El exceso semiótico como herramienta que instrumenta lo sensible, contrarresta el miedo que produce asumir cualquier mañana como un horizonte enrarecido y permite aceptar que lo raro es el quizá, lo que siempre ha podido ser, encontrándose en medio de la vida.
La poética puede ser vista como una forma de explorar las posibilidades creativas y simbólicas que hacen posible la comunión en el conocimiento, incluyendo el uso de imágenes, metáforas, ritmos y sonidos para crear significados y sensaciones que van más allá de la mera descripción de la realidad; especular de manera creativa con el ánimo de comprender la mayor cantidad de mundos posibles, considerando que la dimensión visual y prospectiva nos coloca como espías (especulari), observadores dispuestos a pensar desde la actualidad mirando hacia adelante y hacia atrás en el tiempo, dirigiendo nuestra atención para describir la multiplicidad de espacios que no ponemos a girar en torno a nosotros, en los que no nos colocamos en la mitad. Es posible que la poética, entendida como exceso semántico, se aleje de la preocupación de Wittgenstein por eliminar toda la confusión y el malentendido en el uso del lenguaje. En la poética, la atención no se enfoca en la precisión y adecuación del sentido a la realidad, sino en la creación de nuevas experiencias, significados y sensaciones a través de la exploración creativa de relaciones de distinta índole, que pueden ser codificadas como el lenguaje o distribuidas en otras formas de crear afectos para situarse en una sobre-realidad, en el surrealismo de lo cotidiano.
Concebir el ambiente como espacio a dominar, eclipsando nuestra vulnerabilidad, escinde en polos que contraponen lo cultural con lo natural, olvidando que el territorio se vincula con la huella que van dejando los pies y, aunque estemos en deriva, debemos ser cuidadosos con los trazos resultantes, ya que con estos nos dibujamos. Hacemos nuestro hogar para llevarlo en la aventura y esta no se limita a dar vueltas sobre nuestro propio eje. El espacio no se define entorno a nosotros, pues somos un laberinto con nuestro espacio que habitamos en tránsito, somos un afuera inmersos en el medio que a su vez somos: el universo nunca es meramente un lugar externo, sino siempre el sostén de nosotros mismos y de lo demás.
El deseo y lo deseable son algo que debemos aprender a inventar para que la vida siga ocurriendo mañana, gozosamente insatisfechos día a día, creando los vínculos que hacen de toda realidad un comienzo, inicio de un compromiso que no solo se elabora para sentir seguridad, sino para sostener la atención sobre lo comprometido y atender hábilmente a responder, sin “daños colaterales”, sin perjuicios.
[…] las distinciones binarias son sospechosas, y al poner en entredicho la oposición entre activo y pasivo, se permite la entrega a la improvisación, aceptando la vida y sus contingencias, permitiendo que nuestros actos dependan de nuestra capacidad para sintonizar o atender a una situación, como el protagonismo que adquiere la escucha cuando se toca música junto con otros (Morton, 2021a: Chatarra). Para Morton, el futuro abierto a la contingencia es impredecible, algo genuinamente nuevo y no la construcción de nuestras expectativas (que en sí mismas son el pasado). El espacio de posibilidad predecible, esterilizado y purgado de lo extraño, no promociona la simbiosis propia a la vida
Esa es la cuestión principal con la simbiosis. No puedes saberlo de antemano. Ahí estás, atravesando el océano, y ¡plaf! Algo entra. ¿Quizá acabas de tragarte un veneno? ¿Es esta pareja romántica la que te va a arruinar la vida?… No puedes saberlo antes de que ocurra. Y si crees que sí puedes, terminarás rodeándote de paredes y no sabrás lo que es la vida. La vida conlleva suciedad, asco e incertidumbre. Y la belleza depende de esas cosas. No es el opuesto de esas cosas. (Morton, 2021a, Cualquiera)
No es necesario sumarse a la promoción posthumana, teniendo tanto que hacer con el mismo problema de ser humanos, pudiendo alcanzar mejores relaciones interespecies al mejorar las relaciones intraespecie; Morton se refiere al antirracismo y el fin del patriarcado, colocándonos a pensar “después del fin del mundo” (Morton, 2021a: Cualquiera), es decir, después del fin de la idea del mundo sólidamente delimitado para “nosotros”, de manera que podamos incluir después de esta transformación a “ellos”, los “extraños extranjeros”.
La poética de la vida siempre ha estado en el Arte, conjurando desde la marginación liminal, el palpitar que escapa al orden de la productividad y sus cifras. Los filósofos han visitado dicha región tratando de conciliar sus razones y valores en la estética. Pero un cambio ocurre cuando lo anormal se vuelca en la retórica, la fuerza formal del lenguaje sostiene el concepto, de manera que el tono afecta, conmueve, desconcierta, erotiza: así es como el exceso semántico renueva el sentido indicando otras direcciones. No basta con establecer un campo que discipline en filosofía las preocupaciones de pensar lo humano, si no se asume que lo humano forzosamente transgrede los límites de cualquier cómputo, llegando a modificar la manía cientificista de computar que se ha apoderado de la herramienta más importante que nos humaniza: el pensamiento.
[…] las distinciones binarias son sospechosas, y al poner en entredicho la oposición entre activo y pasivo, se permite la entrega a la improvisación, aceptando la vida y sus contingencias, permitiendo que nuestros actos dependan de nuestra capacidad para sintonizar o atender a una situación, como el protagonismo que adquiere la escucha cuando se toca música junto con otros (Morton, 2021a: Chatarra). Para Morton, el futuro abierto a la contingencia es impredecible, algo genuinamente nuevo y no la construcción de nuestras expectativas (que en sí mismas son el pasado). El espacio de posibilidad predecible, esterilizado y purgado de lo extraño, no promociona la simbiosis propia a la vida
Esa es la cuestión principal con la simbiosis. No puedes saberlo de antemano. Ahí estás, atravesando el océano, y ¡plaf! Algo entra. ¿Quizá acabas de tragarte un veneno? ¿Es esta pareja romántica la que te va a arruinar la vida?… No puedes saberlo antes de que ocurra. Y si crees que sí puedes, terminarás rodeándote de paredes y no sabrás lo que es la vida. La vida conlleva suciedad, asco e incertidumbre. Y la belleza depende de esas cosas. No es el opuesto de esas cosas. (Morton, 2021a, Cualquiera)
No es necesario sumarse a la promoción posthumana, teniendo tanto que hacer con el mismo problema de ser humanos, pudiendo alcanzar mejores relaciones interespecies al mejorar las relaciones intraespecie; Morton se refiere al antirracismo y el fin del patriarcado, colocándonos a pensar “después del fin del mundo” (Morton, 2021a: Cualquiera), es decir, después del fin de la idea del mundo sólidamente delimitado para “nosotros”, de manera que podamos incluir después de esta transformación a “ellos”, los “extraños extranjeros”.
Al presentar la poética como dispositivo para el ejercicio del pensamiento y que propicie contactos de comunión, se puede diferenciar pensamiento de racionalidad, ya que ésta solo se enfoca al logro de fines en una operatividad donde el cómputo establece el éxito del logro obtenido. De igual manera es importante distinguir entre humanismo y condición humana, para poder volver a modelar el primero.
[…] como seres humanos, hemos de ir más allá de la elaboración de un concepto que fijará siempre un límite, hemos de pensarnos como barro del que se pueden modelar diferentes formas, de manera que es en la estrategia plástica de modelar y no en la forma donde nos sabemos poética del movimiento y no líneas canónicas del poema. Amasados, desplegados y vueltos a plegar, para que, una vez horneados, podamos volver a ser migajas y recomponer de nuevo el amasado.
Definitivamente hay que levar anclas para evadir lo inhumano, emprender el tránsito en el que se elabora el sentido diferenciador. Viajeros evitando la contemplación narcisista y el anquilosamiento al que esto nos reduce. Surgen metáforas o neologísmos para reelaborarnos: Ser-ahí, que enfatiza la idea de estar expuestos a ser haciendo mundo (Heidegger, 1971); macrópodos (Land, 2019), que figuran nuestra vulnerabilidad cercana a la de aquellos jóvenes marsupiales, condicionados por la neotenia e inmadurez crónica (Sloterdijk, 2006). Pero para facilitar la lectura, el término humano se acaba reiterando, aunque demande el esfuerzo para aceptar que el significado cambia, que la percepción de nosotros mismos ha de cambiar; el tono prescriptivo pretende afectarnos de manera que consideremos la necesidad de mutar, a la vez que se dispone como práctica en la que el ejercicio poético invita y aproxima los aspectos incomputables de la vida: lejos del credo cientificista, trabajar para “poner en sensaciones y en pensamiento todos los ‘ya sé’ ” (Stengers & Pignarre, 2017, p. 91).
En el fin del Antropoceno, es necesario enfocarnos en cómo hemos llegado a este punto por el protagonismo de un modo de vida que nos seduce, que guía nuestro deseo hacia una sola manera de dar sentido al mundo y a las cosas, de manera que el poder de vivir se disuelve en el poder de dominio.
La palabra ha monopolizado hasta el momento, la especulación sobre el exceso semántico vinculado a los pliegues que nos amasan, en nuestro tránsito hacia la contingencia del mañana que nos corresponde, abierto a lo posible para superar las probabilidades que señala el final del Antropoceno; entregados a la incertidumbre a la vez que cooperamos con la vida. Pero en este laberinto pensado, podremos encontrar tropos para ser vistos o encarnarse.
Los poetas continúan escribiendo, pero el cerco se hace más permeable y hasta quizá se haya quebrado; los señores de la lengua no canonizan su feudo de palabras, ya que la transformación de las operaciones del lenguaje en inoperantes, ha dejado de ser su exclusividad y el exceso semiótico permite atender a los sentidos que manan desde la exterioridad que somos, la poética está en la vida y enriquece el plegado de los pensantes. Idear el futuro es ceder al llamado de seguir siendo humanos, de sabernos a la deriva, doblados y envueltos: coexistiendo. Transitar se nos impone al tener enfrente la multiplicidad de sentidos, permitiendo los futuros de la vida en contingencia, mientras se aplaza la clausura que a todo espera.
Bibliografía
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[1] La “hiperstición” es un neologismo acuñado por Nick Land y otros miembros del Cybernetic Culture Research Unit. Se puede definir como una ficción autocumplida que se convierte en realidad a través de promover su difusión, motivando credos y acciones. La hiperstición es un agente causal que crea su propio futuro al actuar sobre el presente, alterando la realidad e influyendo en conductas, creencias y políticas para materializarse. Como cualquier dinámica de cambio, puede establecer hegemonías de dominio o motivar posibilidades liberadoras.

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