Juan Carlos Bermúdez
Catherine Malabou ejemplifica, desde la filosofía y su encuentro con la neurobiología, la necesidad de actualizar la manera en que, occidentalizados, se piensa para satisfacer el apremio de establecer una nueva relación “con la destrucción, con la negatividad, con la pérdida y con la muerte” (Malabou: 2018, p. 23). Las novedades en bioingeniería, las tecnologías digitales, la multiplicidad de relatos cosmológicos y en la física de partículas, el daño planetario, los enfoques de género y decoloniales, la insensatez que fomenta la precariedad de la vida, posibilitan, a la vez que establecen como prioridad el cambio de sentidos: de rutas, modificación sensible, de concepciones.
En “Ontología del accidente”, el concepto de plasticidad de Malabou resalta las implicaciones éticas, ya que los eventos traumáticos o inesperados (accidentes, crisis existenciales, shocks) no solo destruyen la identidad previa, sino que reconfiguran radicalmente a la persona, el “yo” aparece enmarcado en una existencia inestable, en tránsito, pudiendo surgir alguien totalmente nuevo a partir de la ruptura irreversible que ocurre después del accidente. De esta manera, la negatividad plástica puede presentarse como un proceso creativo, ampliando la concepción común del término que presenta la plasticidad como un proceso de transformación positiva, que asume el sentido de trabajo acumulativo en función de asegurar el perfeccionamiento continuo, como es el caso de la resiliencia o de lo sostenible. Una plasticidad negativa en la que el trauma o el accidente son variables de la manera de estar, invita a pensar también la vida dentro de un riesgo constante de metamorfosis, donde destrucción y creación interactúan.
Armen Avanessian resalta dicho enfoque:
Somos el producto de (y nos transformamos en) aquello que nos ocurre; criaturas de nuestros propios accidentes, los cuales son cualquier cosa menos asuntos triviales. O, para pervertir a Kant: la inteligencia, en el tercer milenio, significa salir de nuestra auto-impuesta ignorancia acerca de la sustancial accidentalidad que constituye nuestra propia existencia. (Avanessian: 2021, p. 49)
La contingencia, la sustancial accidentalidad, es asumida como plasticidad en proceso, que no asume la agencia dentro de los parámetros de la razón pura; la atención también debe dirigirse a la mutabilidad e incluso a lo traumático, en una transformación donde el margen asume la porosidad en la que aquello excluido puede volver a tomarse en cuenta, ampliando el panorama de criterios. La metamorfosis positiva que concibe el cambio desde la unidad que identifica al sujeto, se desplaza para incluir una metamorfosis abordada desde la negatividad que contempla la multiplicidad que nos constituye, estando latente para potenciar la alteridad radical que nos diferencia hasta de nosotros mismos. La duración del uno mismo como el mismo, colmado y completo, puede interrumpirse, vulnerarse, a la vez que se metamorfosea en otro para sí mismo
La plasticidad destructiva hace posible la aparición o la formación de la alteridad en donde el otro falta absolutamente. La plasticidad es la forma de la alteridad en donde falla toda trascendencia, sea a la manera de una huida o de una evasión. El único otro que existe entonces es el otro para sí mismo.” (Malabou: 2018, p.17)
Inversión de la existencia, donde el extranjero ya no se encuentra afuera, diferente al mismo interior; el accidente que atenta contra sí mismo metamorfosea al idéntico en alienígena, de manera que la vulnerabilidad permite nuevas relaciones con lo excluido en ese ser afuera.
Para Malabou, la negatividad no es solo un momento dialéctico (como lo es para Hegel), ni una condición existencial abstracta (la destrucción heideggeriana), sino la considera como una fuerza ontológica material, que se encarna en la plasticidad del cerebro y la subjetividad. En la aproximación ontológica que propone, lo negativo —traumas, crisis, rupturas— no se supera ni se sublima, sino que reconfigura de modo irreversible la estructura misma del ser: el accidente destruye para crear, sin garantía de coherencia, revelando que la identidad es siempre un proceso en riesgo. Así, la negatividad deviene productividad destructiva, una ontología donde la fragilidad y la contingencia son constitutivas, no anomalías.
El pensamiento de la filósofa trabaja en el armado de una cama en la que se puedan acomodar los problemas de la bioética: eutanasia, enfermedad mental y hasta podría cobijar la eugenesia. Pero esta cama también puede ser lugar de vértigo sin susto, lugar para pensar la muerte, para aceptarla y morir en paz. Desaferrar la continuidad establecida por la identidad del sujeto, permite asimilar el cambio radical. De nuevo un aprendizaje que posibilite la coincidencia de alteridades.
Referencias
Avanessian, Armen (2021). Meta-Futuros. 1a. Barcelona: Holobionte.
Malabou, Catherine (2018). Ontología del accidente. Ensayo sobre la plasticidad destructiva. 1a. Santiago de Chile: Pólvora.


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