Ana Paula Miranda
Juan Carlos Bermúdez
Nacer en un lugar, es diferente a nacer para hacerse el lugar, los territorios de la norma establecen los límites de la casta o del género, mientras que un espacio a habitar puede ser entendido con su indisociable dimensión temporal. La nación puede ser una región de opresión e inequidad, o simplemente puede ser el instrumento para administrar las casas en un vecindario, donde la intimidad de las historias fomenten la antropización plena y placentera, donde se pueda estar bien en coexistencia. Las coordenadas del Estado Nacional pueden volver a calibrarse, para fijar nuevos derroteros, o para retomar lo que significa nacer con los vínculos que nos lega el espacio, reencontrar la economía como capacidad de administración doméstica favorecida por la solidaridad y no como indicadores de desarrollo, relacionados con la brutalidad de la producción de un colectivo alienado en el trabajo y explotando el espacio de vida, sin tenerle ninguna consideración. Nuestro estado es nacer continuamente para aventurar y para aprender, para conocer y reconocer errores, nuestro estado no es una bandera, sino un paisaje cambiante que recorremos hasta morir.
Con el nacer viene la seguridad de la muerte. La muerte metafórica como oportunidad de un renacimiento epistemológico, la que da paso a otra vida, la muerte lenta que se mira como infección, trepando e infiltrándose en las grietas del ser hasta llenarlo todo, la muerte que se presenta como un estado adyacente a la vida, y la muerte completa, definitiva, la que termina en vacío, ausencia, sinsentido. Bataille, me parece, en su texto sitúa a quienes nombra como miserables en un estado transitorio que los traslada desde los límites de la nación hasta más allá del sinsentido. Ya que lo que representan los miserables para aquellos que escapan este mote es el desplome de todo significado, de lo correcto, todo lo que es y debe de ser. El miserable es un intruso en una nación pura.
En pertenencia como especie, hemos de cambiar la forma como habitamos el planeta, modificar el sentido que nos guía. Un inicio puede estar al cambiar los afectos y efectos de aquello que las palabras designan, como las de «Estado Nacional». Es urgente transformar la concepción que designa la naturaleza, borrar la dirección que la concibe como espacio de afirmación, dividido en un afuera para la explotación, que permita sostener la burbuja cultural que nos inmuniza; el ejercicio puede reconfigurar lo natural entendiéndolo como el caos del que nos actualizamos, para producirnos y ser producidos, mediados por nuestra necesidad de organizar mundos; no identificar la necesidad de orden que requiere nuestra especie para su tranquilidad, con la condición general de normalización que aplana y silencia al caos. La especificidad del género que sirve para establecer los extremos normativos, a los cuales se ha de pertenecer en relaciones de inequidad, puede dar paso a entender el género como hacerse y transitar. El diccionario aparece en la deriva que lo caracteriza y las palabras “política”, “monstruo”, “deseo”, “norma” y otras tantas, son depositadas en crisis al interior de dicho libro móvil.
Estas naciones o (corporales, geográficas, ideológicas, etc) necesitan del miserable para existir, para autonombrarse como tal. Desprecian al miserable, al abyecto, por la suciedad que llevan dentro, por el peligro que representan, por el caos que desatan a su caso. Pero es precisamente el caos (la muerte, la enfermedad, el sinsentido) la que permite una reconstrucción, un reordenamiento, una resignificación, si el resultado del caos es bueno o malo es imposible asegurarlo, sin embargo se puede intentar imaginar qué hay (si es que hay algo) del otro lado.
Georges Bataille, como buen nietzscheano y afecto al surrealismo, se ejercitaba en sospechar de las palabras-concepto, para pensarlas poéticamente, atravesadas de los afectos que las pronuncian y los efectos que promueven. La economía general incluye la distribución solar de la que depende la vida, pero considera también el gasto superfluo y lujoso del regalo, del erotismo que no admite cálculo. De igual manera cambian de definición y de polaridad lo maldito o la imposibilidad.
El abordar las palabras-conceptos desde una visión poética/surrealista demanda una deconstrucción y desnaturalización de las ideas mismas. La poesía nos ayuda a recorrer los aparentes principios y finales del lenguaje. Cuando faltan palabras surge la poesía acompañada de surrealdiades, quizá como indicios de un desplome que se aproxima o signos de algo que surge.
La abyección[1] entra en esta tarea de escarbar, hasta encontrar el otro lado de un guante al que le salen dedos. Invertir la miseria se dificulta al sentir en ella la impureza que puede propagar su mancha, los piojos que pueden cambiar de huésped, olores y fluidos que llegan a despertar la propia vergüenza favoreciendo el sometimiento con la cabeza agachada. Bataille se pone a rascar la aversión vinculada a la miseria para encontrar “la confluencia de los múltiples impulsos contradictorios que exige la existencia sin rumbo de los desechos humanos”. Afectados por el asco, la norma afianza su fuerza, polarizando y excluyendo, los desechos malolientes son expulsados lejos, abyectados para amasarse lejos de los individuos soberanos. Al cambiar la postura desde la cual se observa, en la masa de miserables palpita la vida, caldo de cultivo rico en las intensidades del carnaval, imposible de observar desde la atalaya; los deseos se cumplen y vuelven a aparecer, el dolor de las llagas en los pies sana con el agua al llegar al mar, al duelo del velorio le suceden las convulsiones del parto, mientras los niños hacen una bola de trapos para jugar en la tierra, mientras los rodea la insensatez maniquea de quienes hacen la guerra.
Bataille cuando escribió este texto hablaba sobre lo que veía venir, lo que comenzaba a ser. Los miserables antes de desaparecer de la nación y ser absorbidos por una no nación, un no lugar, se tornaron híper-visibles. Cuando en verdad comenzaron a desaparecer del cuerpo de la nación se llevaron consigo tanto el sentido como el sinsentido de las cosas. En este preámbulo a la guerra que se avecinaba, me gustaría pensar, Bataille al describir a los sujetos miserables-abyectos veía en ellos alternativas del ser e invitaba a través de su crítica a acercarse a la membrana que separa al yo de los otros.
Quizá la traducción que se adjunta se pueda encontrar en las obras completas de Bataille editada por Taurus, pero esta quedó muy lejos en tiempo y espacio en la biblioteca de la Universidad de los Andes.
Bataille, G. (1970). L’abjection et les formes misérables. En Euvres Complètes. II Écrits posthumes 1922-1940 (pp. 117-221). Gallimard.
[1] (BATAILLE, 1970)


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