El actual Eichmann tecno burocrático

Se da por descontado quiénes somos: complace la respuesta dada por la pedagogía que no estimula preguntas, criados para ser zombies asimilados en un mundo de muertos vivientes. Se ha llegado al punto en que se obedece ciegamente a la norma instrumentada por la técnica, por la cada vez más sofisticada racionalización de la gerencia, para obtener una masacre de la propia vida por nosotros mismos; esto no excluye que, si no se tiene la capacidad de cuidar la existencia, es imposible fomentar la coexistencia. Los sistemas de control suprimen la habilidad de elegir y trabajar para lo posible desde la motivación de los sueños, para ceder a la comodidad de lo establecido, que regula la vida sin que esta nos pertenezca. “Yo solo sigo órdenes” es la excusa que indica cómo se banaliza el mal (Arendt, 2006). La multitud que somos se alinea en la tumba productiva de los supervivientes que, sumidos en la precariedad naturalizada por el populismo, nutren un sistema de productividad desbordada.

¿Quiénes somos? Transhumanos, sometidos “a las ecuaciones de sus propios artefactos con el objetivo prioritario de responder a intereses privados y de instaurar una organización de la sociedad en función de criterios principalmente utilitaristas” (Sadin, 2020, p. 21). La definición de humanidad queda en vilo cuando en su dinámica de producir sus propios órganos de producción, se dota de un órgano que prescinde de la humanidad misma, que la hace obsoleta, que sustituye su derecho a decidir con plena conciencia y responsabilidad las elecciones que la involucran, por dispositivos tecno-fascinantes que automatizan las maneras de estar. Éric Sadin describe la anatomía de un antihumanismo radical en el ejercicio de pensar la inteligencia artificial, él nos recuerda que el movimiento de informatización de la sociedad iniciado a inicios de los años sesenta, hizo germinar la idea “de que las máquinas de cálculo están dotadas de una eficiencia que debería indudablemente beneficiar la actividad de todos los sectores, en la medida en que facilitan la existencia de los individuos” (2020, pp. 21-22). Pero la cibernética como disciplina que piensa los sistemas de control y consolida el cálculo como herramienta que posibilita seguridad, va más allá de promover soluciones tecnológicas y, aludiendo ejemplarmente a Jacques Ellul (1954), señala una tendencia hacia la administración cada vez más óptima en función de la productividad dentro del esquema de capital:

El mérito de Ellul consiste particularmente en haber sabido identificar un cierto tipo de desarrollo técnico que se convirtió entonces en mayoritario y que no se limitaba solamente a fabricar mercancías, o a favorecer la eclosión rápida de la «sociedad de consumo», sino que contribuía, por su naturaleza, a instaurar modos de existencia cada vez más sometidos a esquemas racionales que favorecían el apogeo de estructuras asimétricas de poder. (Sadin, 2020, p. 39)

Pensar la tecnología, no sólo desde el encanto de máquinas electrónicas y sofisticaciones de programas computacionales, sino como dispositivo que atraviesa lo social de diferentes maneras, permite considerar la simultaneidad de relaciones políticas que nos atañen en el entorno latinoamericano: no se puede pensar linealmente una evolución de estadios donde el poder soberano es sustituido por mecanismos disciplinares para ceder paso a dispositivos de control, sino que las dinámicas de cacicazgo se articulan con la constitución democrática, mientras que las tecnologías de control determinan a la institución educativa o a la economía financiera. De igual manera, examinar la tecnología como credo, da la posibilidad de comprender la entrega apática a desiciones que toman otros, pues asumiendo el mito de que las máquinas hacen las cosas de manera más eficiente, se claudica perezosamente en lo cotidiano frente a la automatización creciente, se delega hasta la mínima decisión de permanecer en penumbra dentro de una habitación o de modificar la didáctica programada, con la intención de poder compartir un saber que no se ha comprendido. La automatización resultante de la secuencia algorítmica, aplana cualquier disidencia de lo normado; esto se puede observar en la manera como el recorrido de una exposición corresponde al dictado curatorial o a la eficacia de la circulación y no al placer de deambular dejándose guiar por el llamado de atención que seduce a cada particular; el espacio se programa como una máquina de producción eficiente, la experiencia ha de ser correcta y atender al estudio exhaustivo de los datos que le dan validez; verificar pierde el carácter performativo de la experiencia, dando paso a la exactitud clausurada objetivamente, determinando la correspondencia de acciones a realizar. De esta manera la tranquilidad prima frente al coraje que se requiere para señalar desacuerdos o negociar acuerdos justos:

Contra esta enunciación robotizada de la verdad, debemos apoderarnos de nuestra facultad de hacer valer otro espíritu de la verdad, manifestando, en términos de Michel Foucault, nuestro «coraje de la verdad» (2017). O sea, el hecho de reivindicar que, a diferencia de la exactitud, la verdad no se presenta bajo ningún referente estable; apela a un esfuerzo de aprehensión que nunca se consuma y sobre el cual debemos regularmente ponernos de acuerdo, incluso de modo provisorio, dentro de la diversidad de las subjetividades existentes a fin de esforzarnos por actuar, individual y colectivamente, del modo más justo y al margen de toda imposición unilateral que amordace nuestro derecho de palabra. (Sadin, 2020, p. 38)

Desgraciadamente el coraje quedó relegado al siglo pasado o neutralizado por la precariedad. La mordaza no solo amarra las palabras, sino que obstaculiza la poética que las vincula a la creatividad que libera. A esto se suma el culto a la tecnología sobre el que se sostienen y predeterminan múltiples dimensiones de la vida, ocultando la falibilidad de la técnica y que esta se relaciona con directrices previamente establecidas. Al respecto se pueden seguir las palabras de Lefebvre:

Los pretendidos tecnócratas organizan según normas que les fijan desde afuera y por razones que nada tienen que ver con la técnica, las ciudades, los territorios, la circulación, las comunicaciones, el consumo. Por encima de una inmensa incoherencia, planea una ideología de la coherencia (del sistema) que no tiene más base que una semiplanificación económica, insegura de sus objetivos y recursos. La ideología de la racionalidad técnica oculta la falta de aplicación técnica a la vida práctica. Su pretendida racionalidad tiende a coincidir con su absurdidad. (1972, p. 22)

Las técnicas, en su pluralidad y mutabilidad, nos hacen y modifican; por esto demandan atención a sus efectos y pensarlas para pensarnos, para tomar posturas que respondan hábilmente en una existencia compartida. Frente al embrujo sorprendente que produce cada innovación tecnológica, es sano tener presente que la novedad está vinculada a la vieja alianza entre la tecnología y la economía sostenida por el consumo. No pasó indiferente la herencia tecno-industrial legada por la segunda guerra mundial, ya sea como promesa de bienestar o como proyecto distópico… o las dos cumplidas al mismo tiempo: bienestar y desarrollo planificado para algunos, a expensas de la igualmente planificada explotación y marginación de otros:

Puesto que la raison d’être de las máquinas es el rendimiento, incluso el máximo rendimiento, necesitan, todas y cada una de ellas, mundos en derredor que garanticen este máximo. Y lo que necesitan, lo conquistan. Toda máquina es expansionista, por no decir “imperialista”; cada una de ellas se crea su propio imperio colonial de servicios (compuesto por personal auxiliar, de servicio, consumidores, etc.). Y de estos “imperios coloniales” exigen que se transformen a su imagen (la de las máquinas); que “jueguen su juego”, trabajando con la misma perfección y seguridad que ellas; en una palabra: que, aunque localizadas fuera de la “madre patria” —preste atención al término, pues será un concepto clave para nosotros— se conviertan en “co-maquinales”. La máquina originaria, pues, se expande, se convierte en “megamáquina”; y no sólo de forma accidental o circunstancial; de lo contrario, si cejara en ese empeño, dejaría de contar en el imperio de las máquinas. (Anders, 2001[1988], p. 30)

La metáfora de la máquina se desplaza a su vez de la alusión metalúrgica para ser entendida como dispositivo capaz de tejer relaciones políticas, económicas, comunicativas, sensibles; que conjuga tecnologías de propaganda, administración, vinculadas a la transmisión informativa o que juegan con aquello que nos afecta. La máquina imperial opera transculturalmente norteamericanizando el planeta, a la vez que seduce para la migración; el imperio financiero es posibilitado por las máquinas electrónicas interconectadas sin serle indiferente la maquinaria de guerra que demanda insumos y espectáculo. La megamáquina es posible por las relaciones que se tejen en una red tan diversa que exige sustituir la comprensión de operaciones simples por la complejidad cosmopolítica (Stengers, 1997) (Latour, 1999) o cosmotécnica (Hui, 2024). En esta diversidad no se son excluyentes ni lo anacrónico ni lo territorializado; la crítica a la tecnificación administrativa en las universidades del Reino Unido a principios de este siglo, puede ser considerada para cuestionar la gestión actual de las universidades mexicanas; los activismos indígenas en Brasil (Krenak, 2019), sirven para cuestionar a nivel global un sistema político-económico que sacrifica las selvas.

Aunque se disfrace como forma de elevar la calidad educativa de la educación pública, el enfoque de marketing se impone tanto en las universidades privadas como públicas, fomentando la confusión para establecer si los estudiantes son usuarios o son producto cuantificable bajo el rubro de “formación de recursos humanos” u otras rúbricas para establecer la competitividad entre las empresas educativas; Fisher expone la paradoja que presenta la necesidad de auditar la inversión estatal en función de productividad, a la vez que se trata de un juego de libre competencia que hace responsables a los competidores que pasan a ser asociados, perdiendo el estatus de trabajador y los subsecuentes derechos laborales. La persecución individual de bonos que dignifiquen un salario precario, inducen a la simulación en el llenado de formatos y al aumento burocrático que pretende controlar y auditar:

Se suponía que el idealizado mercado podía traer intercambios “sin roces” en los que los deseos de los consumidores se encontrarían directamente con su satisfacción, sin que fuera necesaria la intervención o la mediación de las agencias regulatorias. Sin embargo, la insistencia en evaluar el desempeño de los trabajadores y de medir ciertas formas de trabajo que son por naturaleza reacias a la cuantificación hizo, de modo inevitable, que fuera necesario añadir una capa adicional de gerencia y burocracia. Lo que tenemos enfrente no es una comparación directa de los rendimientos o desempeños de los trabajadores, sino una comparación entre representaciones auditadas del desempeño o el rendimiento. Ocurre entonces un cortocircuito ineludible: el trabajo comienza a orientarse a la generación de representaciones más que a los objetivos oficiales del trabajo mismo (Fisher, 2018, p. 75).

Mientras quienes toman desiciones políticas están dispuestos a sofisticar la manera para hacer fallar los sistemas locales a partir de la experiencia de otras burocracias, quienes debemos disentir a la inoperancia, no superamos por desinformación, la incapacidad de plantear ideas creativas para sostener la disidencia.

La “singularidad tecnológica”, entendida como el momento en que las máquinas inteligentes se produzcan a si mismas, superando la inteligencia humana, es un horizonte posible y probable, pero el culto que deifica la máquina viene de viejo, estimulando el principio de autoexpansión de la máquina, que funda la situación técnico-totalitaria en la que nos encontramos y que no implica necesariamente a la tecnología digital. Sólo que, si bien la racionalización y la administración siempre han tenido un vínculo estrecho, es con la tecnificación del cómputo como este vínculo se hace evidente, realizándolo con tal eficacia que llega a contabilizar la disposición de recursos humanos como parte del inventario de piezas mecánicas necesarias o de reserva. Si no superamos el confort tecnofascinante de solo seguir órdenes y normativas inoperantes, el precio de la insensatez seguirá cobrando la cuota genocida que ejercen las máquinas sobre los pensantes.

Referencias

  • Anders, G. (2001). Nosotros, los hijos de Eichmann: Carta abierta a Klaus Eichmann. Paidós.
  • Arendt, H. (2006). Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal. Debolsillo.
  • Ellul, J. (1954). La Technique ou l’Enjeu du siécle. Armand Colin.
  • Fisher, M. (2018). Realismo capitalista: ¿No hay alternativa? (1a). Caja Negra.
  • Foucault, M. (2017). Discurso y verdad. El coraje de decirlo todo. Siglo XXI.
  • Hui, Y. (2024). La pregunta por la técnica en China. Un ensayo sobre cosmotécnica (1a). Caja Negra.
  • Krenak, A. (2019). Ideias para adiar o fim do mundo (1a). Companhia das Letras.
  • Latour, B. (1999). Politiques de la nature. Éditions La Découverte & Syros.
  • Lefebvre, H. (1972). Contra los tecnócratas. Granica.
  • Sadin, É. (2020). La inteligencia artificial o el desafío del siglo: Anatomia de un antihumanismo radical (1a). Caja Negra.
  • Stengers, I. (1997). Cosmopolitiques: Vol. I. La Découverte.

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