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Las palabras con su carga de emociones y afectos deben ser escuchadas con detenimiento para diferenciar cantos de sirenas. Humano puede estar signado por su alianza con el proyecto moderno, a la vez que es un término diferenciador aunque plural. Si la escucha ha de estar atenta, actualmente la pronunciación demanda mucho cuidado, pues si se quiere dejar a un lado lo políticamente correcto, la condena pública acecha a todo aquel que se pronuncie sobre el deseo, los sueños o la libertad de pensamiento. No se puede desconocer que en el tiempo de un futuro que se está realizando vertiginosamente en el presente, no se puede aprehender con facilidad lo humano, cuando se sentencia su obsolescencia o se cuestiona su perversión; posthumano o inhumano se esfuerzan con el prefijo para redefinir sus relaciones con la tecnología o con la insensatez.
Cuando Raoul Vaneigem se manifiesta por una internacional del género humano (2000), puede parecer anacrónico: su masculinidad eurocéntrica del siglo XX enmarca lo que escribe, e igual no es fácil traducir lo que fue concebido para criticar el “viejo mundo” y los anhelos legados por Mayo del 68 desde un París distante; pero esto no ha de eclipsar la irreverencia Situacionista ni los sueños de una juventud que propugnaba un cambio hacia la economía solar que rompiera con la “economía parasitaria” del dinero y la especulación financiera.
Para poder comprender las propuestas hacia una internacional humana, es necesario moderar el himno de los trabajadores, cuando la cultura laboral se va disolviendo en un postaylorismo como tendencia unificadora allí donde se articula la economía basada en el dinero y el trabajo; la polarización partidista de la izquierda se torna insuficiente y paradójicamente conservadora, incapaz de evitar la sofisticación de la burocracia tecnificada que optimiza la productividad y el control, sobre la promoción de la persona como producto que se autoexplota y se vende a si misma para poder sostenerse dentro de la cultura del consumismo desbordado. El sentido de lo humano que propone Vaneigem, se antepone desde la crítica a un “viejo mundo” de matriz europea, que ha expandido un reparto sensible “occidentalizante”, que se puede caracterizar “en tanto que ideas, problematizaciones, emociones y expresiones que indican encuentros y desencuentros”, siguiendo la enumeración que propone Julieta Espinosa (2023, p. 157) :
i) la seducción ejercida por los ofrecimientos democráticos capitalistas; ii) el atractivo de prácticas culturales ‘refinadas y complejas’; iii) la fascinación por cotidianidades producto de climas y geografías abismalmente distintos; iv) el interés por racionalidades sostenidas en el marco científico de la experimentación, las cifras y la demostración, v) la tentación de acercarse a la mezcla de la precisión y la eficacia combinadas con la meritocracia y la competencia; vi) el desafío de alcanzar resultados y proyectos dignos de incorporar en las estadísticas, los seguimientos y las evaluaciones del mundo occidental; vii) la indignación por el silencio de la imposición; viii) la afrenta por el desequilibrio en la distribución de los beneficios y la continuidad de la impunidad por el traslado de los bienes comunes naturales y los daños generados por la extracción, argumentada desde las disciplinas (economía, biotecnología, sociología); ix) el disgusto y la irritación por las tecnologías de la democracia puestas al servicio para compartir desarrollo y progreso conjuntos para “la humanidad”.
Si se arranca el ejercicio de traducción considerando que nunca hemos sido modernos y desde nuestra la particularidad, podemos discernir y dialogar con formas de hacer, pensar y estar, determinadas por la configuración sensible occidental que nos atraviesa, pensando desde lo heredado hacia lo creativo, cuidando las habilidades de dar respuesta que permitan habitar en coexistencia dentro de la diversidad planetaria.
De esta manera comprendemos la apuesta de los humanos como posibilidad de vida que se antepone a la economía que instaura la supervivencia sobre el valor mercantil, a una “civilización de la desdicha provechosa” en la que el “hombre economizado ha conquistado la tierra devastándola”, proponiendo un ser humano capaz de recrear sus relaciones para con la tierra, liberándola del daño que han promovido sus hábitos (Vaneigem, 2000, p. 28).
El dolor de la miseria es inconcebible, no tener qué comer ni cómo palear la enfermedad es injustificable, pero se puede entender otra miseria dolorosa vinculada a la supervivencia que economiza la vida, aquella supervivencia que reduce al hombre a un “ser economizado por la economía” que él mismo ha producido (2000, p. 26). La precariedad de la hambruna se duplica al instituirse como carencia de dinero e imposibilidad de acceso al mercado. La seducción urbana que ofrece acenso social, las expectativas de desarrollo humano favorecidas por la urbe y el ejercicio del Estado Nacional que se limita a la ciudad, disolvió la posibilidad creativa de una pobreza campesina sobrellevada con la dignidad de los huertos. La “occidentalización” puritana hace incomprensible que se defienda una razón para no querer trabajar, al entender que hay “cosas mejores que hacer” (p. 134); o desde la vertiente materialista, no es fácil aceptar como error de Marx el “fundar la revolución sobre el trabajo y no sobre aquel estado de disfrute de uno mismo y del mundo que es la creación. Si es verdad que uno no trabaja sino para destruirse, no hay, en cambio, plenitud alguna sino en la creación de formas vivientes, de momentos de vida, de situaciones en las que se construyen los destinos” (p. 133).
Podemos nutrir nuestro tránsito al realizar un ejercicio de traducción y escucha al canto de vida promulgado por un belga del siglo pasado, que no escribe con “x” para invitar a pertenecer al genero que nos obliga a las respuestas hábiles de coexistencia en libertad.
La realidad de una internacional del género humano reside en la voluntad unánime de privilegiar lo que haya de más vivo en nosotros. No tiene necesidad de estatutos ni de comité central, ni de representantes ni de mandatarios.
Esa realidad emana de la simple reivindicación de los individuos que se reconocen en una voluntad unánime de afinar sin cesar su propia humanidad; de labrar la armonía de sus deseos de vida, sin la cual no puede haber armonía universal.
Es el esbozo informal de una decisión planetaria: la de enfrentarse a lo que en todas partes está amenazando a la vida, con todos los recursos de la vida a ultranza (Vaneigem, 2000, p. 218).
Bibliografía
- Espinosa, J. (2023). Repensar la occidentalización. Ir más allá de las disciplinas. En Rompiendo fronteras (1a, p. 190). Universidad Autónoma del Estado de Morelos.
- Vaneigem, R. (2000). Por una internacional del género humano (1a). Octaedro.


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